Marcha de mujeres israelíes y palestinas por la paz

esther120Esther Shabot Askenazi

Mujeres por la Paz se fundó hace tres años y cuenta actualmente con 24 mil personas afiliadas, tanto israelíes como palestinas.

Columna de opinión publicada en Excélsior el 15 de octubre de 2017

El punto final del recorrido fue el Parque de la Independencia en Jerusalén. Tras dos semanas de marchar a lo largo y ancho del país y partiendo de la ciudad israelí de Sderot colindante con Gaza, un contingente de cerca de 30 mil mujeres que fueron sumándose desde varias ciudades israelíes y territorios palestinos, concluyeron hace unos días su recorrido en un mitin en el cual los discursos y las consignas repetían insistentemente la demanda al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, y al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de sentarse a negociar. No es la primera vez que una iniciativa como ésta se da. De hecho, la agrupación organizadora denominada Mujeres por la Paz se fundó hace tres años y cuenta actualmente con 24 mil personas afiliadas, tanto israelíes como palestinas.
Mujeres por la Paz ha elegido el mensaje simple de que hablar, dialogar, negociar, es imperativo. Ha decidido no ir más lejos en sus demandas debido a que considera prioritario reunir la mayor cantidad de gente posible en sus filas para conseguir así ejercer una presión significativa. Por tanto, ha dejado de lado cualquier otra consigna adicional que pudiera restarle simpatizantes. Es decir, no plantea cuáles son los resultados de las negociaciones a los que aspira, no define si está a favor o en contra de una solución determinada del conflicto palestino-israelí, sino que simple y llanamente exige que las partes hablen entre sí, dialoguen y, por tanto, abandonen ese mutismo que ofende y lastima a millones de seres humanos cuyas vidas están sujetas a las vicisitudes de esa añeja confrontación.

Esa táctica ha permitido que mujeres de ideas políticas y religiosas distintas, israelíes judías y árabes, lo mismo que palestinas, se unan en un clamor común. A pesar de sus identidades y condiciones dispares han encontrado en esa demanda concreta, el nexo de unión que las ha movilizado ya por tercer año consecutivo para reclamar por la parálisis política dominante que no promete más que nuevos estallidos de violencia con su cuota macabra de víctimas.

En el acto de clausura en Jerusalén tomó la palabra un simpatizante de la organización, el exdiputado israelí de origen druso, Shakib Shanan, cuyo hijo, Kamil, fue víctima mortal de un acto terrorista en el Monte del Templo hace tres meses. Textualmente dijo: “Aunque mi corazón está sangrando, estoy aquí con ustedes esta noche. Con la convicción y la fe de que sólo la paz y el amor deben conectarnos. Hemos sufrido tanto, familias palestinas y familias israelíes han perdido a sus seres queridos y han quedado con una herida que no sana. Vine aquí a decir, ¡queremos vivir!… En el nombre de la gran audiencia que está aquí y de cientos de miles de israelíes, les digo a Mahmoud Abbas y a Benjamín Netanyahu: ¡basta, siéntense ya, siéntense ya! Queremos paz. Escuchen nuestro clamor que viene del corazón. Escuchen los reclamos de verdad y justicia… desde este lugar de donde emerge la esperanza…”.

El que a lo largo de los últimos años hayan proliferado iniciativas parecidas a la arriba descrita sin resultados tangibles tiende, sin duda, a generar escepticismo acerca de su utilidad. No es extraño así que el desencanto triunfe con mucha frecuencia. Sin embargo, nada es para siempre, y si el contexto local o la geopolítica internacional propician una posibilidad de cambio que destrabe la situación, todas esas iniciativas—como la de Mujeres por la Paz— que en su momento se percibieron como ingenuas o irrelevantes, constituirán, sin duda, los cimientos necesarios para construir un futuro más justo y libre de la sombra de la guerra.

*Esther Shabot Askenazi es licenciada en Sociología de la UNAM (1980, México), con estudios de maestría en Sociología en la UNAM y con especialización en Estudios Judaicos en la Universidad Iberoamericana (1982-1985). Forma parte del Consejo Asesor del Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente.

 

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